Me llamo Álvaro Muñoz, tengo 37 años y mi relación con el mundo del automóvil empezó mucho antes de que existieran las redes sociales, los algoritmos o incluso la posibilidad de imaginar que algún día acabaría trabajando y colaborando dentro de este sector. Empezó en casa y, sobre todo, gracias a mi padre. Un auténtico amante de los coches que consiguió contagiarme esa pasión desde que era pequeño.
Mirándolo ahora con perspectiva, creo que no he podido ser más afortunado. Gracias a él tuve la oportunidad de crecer viendo, escuchando y montándome en coches que entonces simplemente me parecían espectaculares y que hoy son auténticos referentes de una época: Porsche 996 Carrera, Koenigsegg CCX, Aston Martin Vanquish, Vantage y DB9, Porsche Cayenne, Mercedes-Benz SL 350, Bentley Continental GT, MINI Cooper S, Mazda RX-8, BMW M3 E92… y podría seguir bastante más, pero tampoco quiero marearos con una lista interminable.
Porque realmente la lista es lo de menos. Lo importante es lo que aquello dejó en mí. Cuando eres pequeño no entiendes de valores de reventa, emisiones, normativas o fichas técnicas. Entiendes de sensaciones. Recuerdas cómo sonaba un motor, el olor de un interior, una forma determinada, cómo se sentía ir sentado dentro o ese momento en el que te bajas y no puedes evitar darte la vuelta para mirar el coche una vez más.
Con los años entendí que mi pasión tampoco estaba únicamente en conducir o en tener un determinado coche. Me interesaba saber qué había detrás. Quién lo había diseñado, por qué alguien había decidido construirlo así, qué estaba pasando en el mundo cuando apareció, quién lo conducía, contra qué competía o por qué determinados modelos consiguieron marcar una generación mientras otros simplemente desaparecieron.
Poco a poco el automóvil dejó de ser solamente una máquina y se convirtió para mí en una puerta hacia el diseño, la ingeniería, la competición, la fotografía, la moda, la música, los viajes y, sobre todo, las personas.
En definitiva, empecé a entender los coches como algo que para mí siempre ha sido mucho más importante que una cifra de potencia: Cultura.
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